El secreto de Benjamin Franklin para el éxito

Es probable que en algún momento hayas escuchado acerca de Benjamin Franklin. Su imagen aparece en los billetes americanos de 100 dólares.

Fue científico, escritor, político, filósofo e inventor, entre muchas otras cosas.

Además de sus contribuciones vitales al proceso de independencia norteamericano, creó el pararrayos, los lentes bifocales y los primeros catéteres.

Obviamente, estos y muchos otros logros suyos no fueron producto de la suerte o de la casualidad, sino de un deseo consciente y continuo de fortalecer su carácter.

En su autobiografía (que escribió para su hijo), Franklin lista 13 virtudes que buscó desarrollar desde que tenía 20 años hasta el último día de su vida:

  1. Templanza: no comas hasta el hastío; nunca bebas hasta la exaltación.
  2. Silencio: habla solo lo que pueda beneficiar a otros o a ti mismo; evita las conversaciones insignificantes.
  3. Orden: que todas tus cosas tengan su sitio; que todos tus asuntos tengan su momento.
  4. Determinación: resuélvete a realizar lo que deberías hacer, realiza sin fallas lo que resolviste.
  5. Frugalidad: gasta solo en lo que traiga un bien para otros o para ti. No desperdicies nada.
  6. Diligencia: no pierdas tiempo; ocúpate siempre en algo útil; elimina todas las acciones innecesarias.
  7. Sinceridad: no uses engaños que puedan lastimar, piensa inocente y justamente, y, si hablas, habla en concordancia.
  8. Justicia: no lastimes a nadie con injurias u omitiendo entregar los beneficios que son tu deber.
  9. Moderación: evita los extremos; abstente de injurias por resentimiento tanto como creas que las merecen.
  10.  Limpieza: no toleres la falta de limpieza en el cuerpo, vestido o habitación.
  11.  Tranquilidad: No te molestes por nimiedades o por accidentes comunes o inevitables.
  12.  Castidad: frecuenta raramente el placer sexual; solo hazlo por salud o descendencia, nunca por hastío, debilidad o para injuriar la paz o reputación propia o de otra persona.
  13.  Humildad: imita a Jesús y a Sócrates.

En sus notas, Franklin aclara que perseguir estas cualidades no es nada sencillo.

Él mismo solo se enfocaba en trabajar en una de ellas cada semana. Y aunque admitió que fallaba de manera constante, estaba seguro de que tan solo intentarlo lo hizo una mejor persona y contribuyó a su éxito y felicidad.

La planificación

Por supuesto, su secreto no termina ahí. El deseo de mejorar en sus virtudes estaba respaldado por un horario que seguía de manera estricta y bajo el cual rigió la mayor parte de su vida.

Horario de Benjamin Franklin.

Comenzaba el día con una pregunta que se divide en dos partes; la matutina, al despertar: ¿Qué bien haré este día? Y la nocturna, antes de dormir: ¿Qué bien hice hoy?

Eso servía para aclarar el objetivo principal que iba a tener su día.

Las primeras 3 horas después de despertar estaban destinadas para el cuidado personal. Desde el aseo, pasando por algo de estudio o lectura hasta el desarrollo espiritual y emocional.

De esta manera podía concentrarse el resto del tiempo en perseguir el objetivo planteado.

Su día continuaba con 8 horas de trabajo divididas en dos partes con un descanso intermedio. E incluso durante esta pausa enfocaba sus esfuerzos en actividades provechosas, como la lectura, revisar sus cuentas y comer.

En la noche, antes de terminar el día, Franklin ordenaba sus herramientas para la mañana siguiente y aprovechaba el tiempo restante para distraerse o realizar alguna actividad social.

Por último, examinaba su jornada antes de dormir, en busca de aquello que podía hacer mejor el siguiente día, para cumplir sus objetivos de una manera más efectiva y descansaba por lo menos 8 horas.

“Comencé la ejecución de este plan de autoexaminación y lo continué con intermisiones ocasionales por algún tiempo. Me sorprendió encontrarme mucho más lleno de fallos de lo que había imaginado, pero tuve la satisfacción de verlos disminuir”

Benjamin Franklin

¿Qué bien haré este día?

Lo que más destaca del horario de Benjamin Franklin son las dos preguntas que sirven para definir su día.

Es muy común que cuando se sigue una rutina repetitiva lleguemos al punto en el que continuamos realizando nuestras actividades por inercia o costumbre.

Para evitar ese efecto, las preguntas de Franklin lo ayudaban a mantenerse consciente acerca de cómo utilizaba su tiempo. De esta manera no solo se aseguraba los beneficios del trabajo bien hecho, sino que también le servía para desarrollar nuevos hábitos positivos.

Para seguir su ejemplo es necesario comenzar haciéndonos la pregunta de qué consideramos valioso en nuestra vida. No todos pensamos en las mismas cosas como un “bien”. ¿El trabajo es lo más importante en este momento? ¿Te gusta más concentrarte en realizar actividad física? ¿Quieres aprender una nueva habilidad? ¿Estás pasando todo el tiempo que te gustaría con tu familia?

Un análisis de nuestro presente es un buen primer paso para desarrollar nuevos hábitos positivos. El “bien” será todo aquello que tenga verdadero valor en tu vida y te haga sentir satisfecho y pleno.

El segundo paso consiste en hacerlo real. ¿Cuántas veces has deseado hacer algo de manera diferente, pero simplemente no inicias?

Para luchar contra esto resulta útil hacer una lista escrita de aquellas cosas que consideramos valiosas y a continuación una lista comparativa de a cuáles de ellas les hemos prestado atención durante el día.

Eso nos ayuda a definir qué aspectos de nuestra vida requieren más atención deliberada.

Por la mañana debemos hacernos una idea clara de qué elemento de nuestra lista comparativa tendrá prioridad y entender por qué le daremos más importancia que a las demás durante ese día.

Aprender un nuevo idioma, hacer avances significativos en un proyecto que hemos relegado, convivir con alguien diferente en la oficina o en la escuela… Las opciones son ilimitadas. Si te sientes cómodo con agregar uno o dos elementos más a tus objetivos para el día, puedes hacerlo.

Cuando tu jornada esté llegando a su fin, debes realizar un nuevo análisis; ¿lograste el objetivo principal que te propusiste? ¿Hiciste otro “bien” que no estabas considerando en tus planes? ¿Hubo algo que pudiste hacer diferente para cumplir tus objetivos más rápido o mejor?

Si repites este proceso día con día, manteniéndote consciente acerca de tus acciones y haciendo los cambios necesarios para perfeccionar tus ocupaciones, eventualmente verás una mejora significativa en tu vida, una que realizaste tú, de manera personalizada y deliberada.

De esta forma te asegurarás de que cada día sea más productivo y gratificante.

Pero ¿por qué es tan difícil?

Casi todos conocemos esa situación: no importa cuánto planeemos nuestro horario, al final algo tomará más tiempo de lo que esperábamos.

En un artículo de 1955 en The Economist, Cyril Parkinson dijo lo siguiente: “el trabajo se expande hasta llenar el tiempo disponible para su terminación”.

Esto, más tarde sería conocida como “la ley de Parkinson”, y quiere decir que, hablando en términos psicológicos, se puede realizar el mismo progreso en una tarea en cuatro horas que en 30 minutos.

Es por eso por lo que resulta una buena idea no darse periodos muy largos para completar algo. Si puedes terminar una tarea en tres horas de trabajo, ponerte como límite una semana es una decisión contraproducente, ya que es muy probable que utilices ese tiempo en nimiedades y al final tengas que concluir el trabajo en un acelerón justo para cumplir con el límite de tiempo.

Por otra parte, Douglas Hofstadter escribió su propia ley a finales de los setenta, la cual dice así: “Siempre se tarda más de lo esperado, incluso cuando tienes en cuenta la Ley de Hofstadter”. Esto significa que estamos predispuestos a subestimar el tiempo que nos tomará completar un objetivo, incluso cuando estamos conscientes de esta predisposición.

Esta “falacia de planeación” está bien documentada por los psicólogos. Es un tipo de autoengaño que realiza el cerebro sin que sepamos la razón. Aunque sabemos que todo siempre lleva más tiempo del esperado, pareciera que lo olvidamos una y otra vez.

Una solución: La técnica pomodoro

El truco que nadie esperaría para superar estas trampas que nos pone nuestro cerebro consiste en planificar con menos detalle; evitar considerar los específicos y simplemente preguntarse a uno mismo cuánto tiempo ha tomado realizar una tarea similar en ocasiones anteriores.

Aunque la respuesta pueda parecer demasiado grande e irreal (en aquella ocasión tuve X o Y distracción y ahora estoy seguro de que no la tendré), es importante comprender algo: esa respuesta es la verdadera.

Incluso mejor podría ser el no planificar ningún detalle.

En la actualidad existen varias herramientas que tienen el objetivo de que solo nos enfoquemos en el trabajo, sin perder el tiempo en planes que nunca resultarán.

La más popular se conoce como la técnica pomodoro. Si estás interesado en mejorar tu productividad es probable que ya hayas oído hablar de ella.

Creada en la década de los ochenta por Francesco Cirillo, la técnica consiste en dividir nuestro tiempo en bloques de 25 minutos de trabajo intenso en los que no nos permitimos ni la distracción más pequeña. Después, un descanso de cinco minutos.

Una vez que hayamos repetido este esquema cuatro veces, nos hemos ganado un descanso de 15-20 minutos para recuperar energía.

Se ha demostrado en diversos estudios que los descansos continuos después de acelerones de trabajo nos ayudan a mantenernos más concentrados y producir mucho más y mejor.

Además, es probable que saber que solo tienes 25 minutos para trabajar te presione para ser lo más productivo posible en ese tiempo.

Si logras utilizar ambas herramientas (un horario establecido y la técnica pomodoro) para terminar tus deberes puedes estar seguro de que tu vida tendrá un cambio positivo.

Al final, es probable que el secreto de Benjamin Franklin para completar tantas cosas fuera demasiado sencillo: simplemente hacerlas.

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