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Cómo tomar mejores decisiones

5 julio, 2019
Cómo tomar decisiones difíciles

¿Recuerdas la última vez que te arrepentiste de algo?

Quizás fue porque comiste ese postre cuando estabas a dieta o tal vez porque dijiste algo hiriente a una persona importante para ti en una discusión. Todos hemos pasado por ello.

Nuestras decisiones se extienden a lo largo de un espectro que va desde las más triviales hasta aquellas que no solo afectan nuestra vida, sino también la de los que nos rodean.

Salud, familia, empleo, relaciones sociales… ¿existe algo que no esté directamente relacionado con nuestras decisiones?

Podemos definir con claridad tres tipos de elecciones:

1 – Decisiones tácitas o “inconscientes”

Realizamos miles de estas cada día y están ligadas a nuestros hábitos y tradiciones. Desde qué comemos hasta cómo construimos nuestra rutina.

En su mayoría son decisiones tan rápidas que ni siquiera nos damos cuenta de que las tomamos.

2 – Decisiones impulsivas o “pasionales”

Conforman la mayoría de las elecciones que tomamos.

Son aquellas que tomas cuando fumas un cigarrillo a pesar de que quieres dejarlo o cuando insultas a una persona con la que estás discutiendo.

Están ligadas a estados pasajeros de nuestras emociones y la mayoría de las veces suceden sin que pensemos en las consecuencias o imaginando que estas no serán tan graves como en verdad lo son al final.

3 – Decisiones informadas o “reflexivas”

Son las que usualmente guardamos para los eventos que consideramos más importantes en nuestra vida o los que creemos que pueden afectarnos de manera permanente.

La elección de una carrera o profesión, el matrimonio, comprar una casa… A estas decisiones les dedicamos, generalmente, más tiempo que a las demás.

Realizamos una reflexión sobre las posibles consecuencias que puede tener cada camino y aunque al final la decisión puede seguir ligada a las emociones, elegimos aquello que parece tener más beneficios.

La habilidad de retrasar la gratificación

Hace algunos años circuló en las redes sociales un video de una plática de TED que mostraba a niños latinoamericanos de 4, 5 y 6 años intentando no comer un malvavisco para que les fuera otorgado otro como recompensa.

Puedes verlo completo (con la excelente presentación de Joachim de Posada) a continuación.

No olvides activar los subtítulos.

Recuerdo que hace un tiempo, una de mis amigas ahorró durante meses para comprar un mueble pequeño en el que podía almacenar su maquillaje, su joyería y hasta algunas prendas como mascadas y gorros.

Era una especie de cofre de madera que, al abrirse, activaba un mecanismo que levantaba varios entrepaños escalonados. Una verdadera obra de arte. Sin embargo, cuando fue a comprarlo, se enteró de que el mueble había subido de precio.

En un momento, quizás por la conjunción de emociones y la decepción, estuvo dispuesta a comprar otro mueble para el que sí alcanzaba su dinero; solo que este era de plástico, sin entrepaños ni mecanismos, y parecía más una caja de herramientas de color rosa.

¿Alguna vez has pasado por una situación así?

Lo que sucedió con mi amiga sirve para demostrar una situación demasiado común: el cambio de un objetivo para que se ajuste a las capacidades que tenemos.

Es decir, cambiamos aquello que queremos por algo que podemos permitirnos sin más esfuerzo, a pesar de que también le damos un valor menor.

Claro, el valor no económico que le damos a las cosas es subjetivo. Tal vez esa caja rosada hubiera sido perfecta para muchas otras personas; no obstante, para mi amiga tenía más valor el cofre de madera. Era lo que ella quería.

Aunque su decisión de cambiar de mueble no era inherentemente “buena” o “mala”, el objetivo con el que había ahorrado ese dinero era diferente. Y eso conllevaría, inevitablemente, a un sentimiento de decepción y rechazo una vez que recordara el mueble que sí quería: arrepentimiento.

Afortunadamente, ella decidió esperar un par de semanas más hasta que reunió el dinero suficiente y pudo comprar su pequeño cofre.

Puede sonar obvio, pero tus objetivos deben guiar tus decisiones. Tener claro qué es lo que buscas antes de tomar una decisión te ayudará a evitar elegir aquello que no tiene el mayor valor para ti.

Para tener una idea más clara de esto basta con leer el siguiente diálogo, que David Henderson escribió en su libro Making Great Decisions in Business and Life:

Vendedor: ¡Oiga! ¿Quiere comprar un elefante por $800 dólares?

Transeúnte: No, gracias.

Vendedor: ¿Qué tal un elefante por $500 dólares?

Transeúnte: ¡No! ¿Qué haría yo con un elefante? ¡Vamos!, vivo en un departamento.

Vendedor: Usted es muy buen negociante. ¿Qué tal dos elefantes por $500 dólares?

Transeúnte: Que sean $400 dólares y tenemos un trato.

El método H.A.L.T.

Con todo esto que hemos aprendido podemos definir que la clave para tomar buenas decisiones reside en hacerlo de manera consciente. Para eso contamos con el método H.A.L.T.

HungryHambriento

AngryMolesto

LonelySolitario

TiredCansado

Este acrónimo es una herramienta utilizada con frecuencia en las terapias de recuperación para adictos; aunque sirve para cualquier persona que sea susceptible a dejar que las emociones influyan en sus decisiones.

Consiste en hacerse una pregunta antes de elegir: ¿Estoy hambriento, molesto, solitario o cansado?

Hambriento

Esto puede referirse a una necesidad física o emocional. Si nuestro cuerpo no tiene los nutrientes para funcionar adecuadamente, nos llevará a elegir aquello que pueda satisfacer esa necesidad.

También podemos sentirnos “hambrientos” de afecto o validación, lo cual también afectará nuestras decisiones.

Molesto

Aunque sentir enojo de vez en cuando es natural, es importante entender qué es lo que está causando esa respuesta emocional en nosotros y cuál es la manera correcta de expresarla.

Las actividades que consumen nuestra energía (como el ejercicio) y las que ayudan a relajarnos (como la meditación y la reflexión) son siempre una mejor opción que decidir de manera explosiva.

Solitario

Podemos sentirnos solos, aunque estemos rodeados de personas. Cuando consideramos que nadie puede entender las experiencias por las que pasamos o que nadie se pone en nuestros zapatos para ver las cosas como lo hacemos nosotros, resulta fácil elegir de manera impulsiva.

Para contrastar esto podemos contactar con alguien, conversar y exponer nuestros pensamientos.

Cansado

Cuando no tenemos energía, disminuye nuestra capacidad para concentrarnos y reflexionar.

Esto puede resultar en una toma de decisiones perezosa, en las que buscaremos el camino más fácil para solucionar algo, aunque después nos afecte de manera emocional, física o psicológica.


En conclusión

Puedes poner en práctica todo esto la próxima vez que te enfrentes a una decisión, sin importar qué tan grande o pequeña sea.

Si, por ejemplo, vas de compras, detente un momento y piensa si el producto que estás considerando tiene un propósito en tu vida o si lo deseas porque crees que te hará sentir mejor (sin arrepentimientos posteriores).

Pregúntate cuándo fue la última vez que comiste, si estás enojado o preocupado por algo, si has hablado con tus amigos últimamente o si dormiste bien esa noche.

Al saciar tus necesidades básicas, el impulso de comprar algo que no necesitas o que te causará arrepentimientos será menor.

Hacer las cosas de manera consciente es una habilidad imprescindible en el camino para el éxito y para llevar una vida más plena. Por ello nunca está de más detenerse un instante a respirar y pensar a qué queremos dedicar nuestro esfuerzo y qué consecuencias tendrá esto para nosotros y nuestro futuro.

¿Cómo controlas tus impulsos? ¿Tienes otro método que te haya resultado útil para tomar buenas decisiones? No dudes en comentarlo.

Tomar decisiones difíciles